Postergarse, y con esto me refiero a continuarse sobre esas cosas que definen nuestro atrofio, en cualquiera de sus índoles, es una actitud que debería de ser reflexionada más seguido, y actuada en consecuencia con esa reflexión.
En general nos sucede, que tenemos una tendencia a demorar la primera de las premisas y a anular la segunda, víctimas de la inanición a la que se nos someten a diario. Aún aquellos que son los más declarativos de las premisas de revelarse y liberarse, sufren la fuerza de las cadenas que atan, que limitan, siendo cadenas, la más optimistas de las metáforas posibles a tal situación.
En tiempos pasados, esas cadenas tenían forma de tierra plana, donde solo podía navegarse hasta el punto donde uno se caía al más infinito de los abismos. Este tipo de creencias, se mantienen hoy en nuestros días con formas de lo más variadas. Casi como los límites de la tierra antigua, se establecen hoy los límites en las entradas a ciudad oculta o fuerte apache, los mismos límites que aparecen para muchos en las escuelas públicas, en los hospitales públicos o en el aspecto de los chicos de la esquina.
En el plano de las cadenas que nos atan a nuestros mundos, muchas veces chiquitos, pobres y superficiales, aparecen la mujer por descarte, los amigos de ocasión y la falta de trabajo. A esta última van dedicadas estas palabras, y a esa angustia de sentirse en deuda con uno mismo, en pro del mandato social de ser.
Vivimos apretados por los calendarios, las exigencias, las costumbres y la necesidad de tener que tener, vendida vaya uno a saber por qué tirano. Desde la comida, la ropa, el auto, la casa, los viajes, hasta las personas, este sistema convierte todo en una mercancía necesaria. Lo que nos muestran a diario como estándares de una vida modelo, modelo para nuestros padres, nuestros amigos o nuestra pareja, termina naturalizándose por ósmosis, al deber ser de cada uno de nosotros.
Luego, una vez que hemos naturalizado el consumo, aparecen como una receta mágica los medios para alcanzar lo que "necesitamos", aparece el trabajo y el estudio, no como herramientas para el desarrollo de las personas, para el desarrollo de la conciencia de llevar adelante actividades de implicancia social, sino como herramientas para definir una postura más y más individualista.
Así llegamos a graduarnos, en el ínfimo y mejor de los casos, así llegamos a un buen trabajo, en el más ínfimo de los casos aún, y nos mantenemos en esa nube gris de pertenencia, comodidad y refugio que nos brinda el sistema, a cambio de nuestras ideas, nuestros sueños y nuestra sangre, como motores de una maquinaria ajena y tirana. Sucede también, que existe una gran cantidad de gente, sin acceso a ese mundo en 3D al que nos invitan, regalándonos anteojos que solo miran en una dirección.
Así se pasa la vida "la gente normal", trabajando para otros, o trabajando de forma "independiente", para sostener un modelo que oprime a unos y discrimina borrando del mapa de la vida a otros.
Mientras buscamos encontrarnos en este mapa, llega el tiempo de pensar en no reproducir estos modelos, ni el de explotado, ni el de explotador, ni el del que se pone los anteojos, ni del que los reparte. Pensemos en revelarnos, revolucionar, transformar, pintar las cosas de otros colores, vestirse con otra ropa, comer otra comida, repartir de otra forma y tal vez luego de conseguir algo de esto, por ínfimo que sea, podremos sentirnos en el camino de ser lo que queremos ser.
jueves, 11 de febrero de 2010
Sobra la necesidad de ser
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